Los Flying Congrios

Publicación de relatos y poemas

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Lugar: Cádiz, Andalucía/Cádiz, Spain

Pescador de Congríos nacido en la antigua Mileto en el año 2000 de la era de John Lennon.

jueves, 17 de marzo de 2011

No puedes elegir – Curso de Microsoft Word

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No eliges que alguien se meta en tu cabeza, una noche, al acostarte, metido en la cama, te viene su imagen, desde ese momento piensas en ella cuando quieres olvidarte de todo y ser feliz.
...La conocí en un curso de informática. Era una chica pequeña y morena, dulce y suave –según supe después–, una mujer de la meseta castellana perdida en la tierra deprimida que es Andalucía. Nunca me ha gustado lo fácil, una joven guapa como ella siempre tenía moscones detrás y yo no era precisamente un hombre insistente ni mis afeites ni compostura se ajustaban a los de los playboys del momento, solía ir más bien desaliñado. La miraba con curiosidad y deleite cuando podía, capturaba su imagen, sus movimientos, intentaba estar cerca de ella para atrapar su olor, atender a sus palabras y empaparme del sonido de su voz. Así fueron pasando los días y no me alejaba de ella, además, no sé si me estaba engañando, pero me pareció percibir que se sentía atraída por mí, nos unían muchas cosas, nuestra común pasión por la literatura: los poetas árabes, el grupo del 27(sobre todo Cernuda), la generación beat, el realismo mágico sudamericano y el realismo sucio norteamericano; la música: los 60, el noise rock de los 90, el punk, el pop de los 80; la bebida y el tabaco: el Jack Daniel´s, el vino de Chiclana, el Ron Legendario y los cigarrillos liados que fumábamos; etcétera. También percibí que ella se apuntaba a todas las salidas y golferías que proyectaba, si mi amigo Edu me acompañaba al supermercado a por un moscatel o un vodka y unos refrescos, Miriam venía con nosotros. Realmente a mí me importaba una mierda la acreditación europea que íbamos a obtener, en esos tiempos –y no es que me vanaglorie de ello mas así era– sólo me importaba el sexo, el arte, emborracharme y descansar lo máximo posible para poder hacer todo esto. Intentaba tocar la batería en un grupo pero era un desastre, no sabía hacer ni pum pa pum pum pa, el pum pa pum pa ya me costaba, eso sí, mi poesía y mis relatos merecían la pena y la gente los apreciaba, algunas veces también daba algún guitarrazo agradable. Empezaba a tener el pelo realmente largo y, puede que por ello, los tipos de los locales de ensayo me llamaban El Pelutti, aunque percibía en ese nombre un tono de burla que parecía ir ligado a mi forma de manejar las baquetas. De todos modos, ese uso negligente de mi instrumento no hizo que me faltara gente con la que tocar ni que cerráramos un concierto en un pub por el que nos pagarían 300 euros. Por supuesto invité a Miriam.
...Una mañana, días antes del concierto, mientras aprendíamos a insertar imágenes en el Word y a modificarlas a nuestro antojo, le comenté que tocábamos ese viernes. «Ah, ¿sí?, ¡yo voy!», me contestó ilusionada. Esa mañana fue mágica, las ventanas de Windows me parecían mundos nuevos que se abrían ante mí, las hojas de cálculos eran celdas que retenían la esperanza para que no se me escapara, el aire frío no hacía sino refrescarme y, por supuesto, lo único que podía sentir sobre la vida era lo maravillosa que era, sí, para un joven como yo la vida es maravillosa, me decía.
...En el descanso, Miriam, Edu y yo nos acercamos a Raimundo, una librería de segunda mano. Yo compré un pequeño poemario ilustrado de Walt Whitman en una edición en miniatura muy cuidada y un libro de Fante, “Camino de Los Ángeles”, y convencí a mi amigo para que se comprara “Música de cañerías”, de Bukowski. Edu estaba bien instruido en arte, aunque más bien en las visuales (era escultor y licenciando en Bellas Artes), pero no conocía los grandes hitos del realismo sucio y la buena literatura en general, o sea, la que a mí me gustaba. Miriam nos miraba y escuchaba con atención lo que yo decía. Esa mañana, esa mañana, esa mañana no había desayunado y el estómago me rugía, cuando llegué a mi casa, me comí un buen potaje de lentejas y me acosté. En la siesta soñé algo muy raro, Miriam era una extraterrestre, pertenecía a una raza de alienígenas que dominaba nuestro planeta. Según me contaba –lo confesó porque me declaré y quería ser sincera conmigo si íbamos tener algo–, la tierra estaba dominada por ellos. Los cielos y los mares estaban dominados por otras razas de extraterrestres y, entre todos, hacían que fuera posible el equilibrio que reinaba en el mundo. Era algo muy extraño que no llegué a entender. Cuando desperté me tumbé mirando al techo y me pasé así horas sin hacer nada. Al día siguiente volvería a verla.
...Y, entre conversaciones sobre Lennon, recomendaciones de libros, películas, rollos macabeos que contaba un psicólogo clínico que estaba en el curso, catastróficos ensayos y cigarritos con una cerveza en el bar de al lado, llegó el día del concierto. Qué, estás nervioso, me preguntaba ella antes del concierto, bueno, tú sabes, sí, un poco, pero no pasa nada, le contestaba yo fumando y bebiendo una caña. Empezamos y la actuación fue como esperaba, un pluff, la banda, guiada por mi pum pa titubeante no sonaba sólida, aunque la solvencia de los otros músicos y su imaginación, junto a la fuerza de las composiciones, salvaron algo la papeleta. Si no fuera por la escasez de baterías en la zona los chicos me habrían echado en el primer ensayo. Yo me sentía un fracasado y un mierda, estaba claro que la música no era lo mío, no sabía tocar pero tenía el oído necesario para darme cuenta de que mi interpretación era una ruina, Miriam no parecía percibirlo. Qué guay el concierto, me ha gustado, me decía tras la actuación, no sé, no sé, es muy mejorable, le contestaba yo, ¿ahora qué vamos a hacer, niño?, me preguntaba, vamos al Medussa, el bar ese de rock`n´roll que hay en la calle Manuel Rancés, ¿no?, voy a recoger los trastos y ahora vamos. Guardé la batería en la furgoneta de Flequi, el bajista, y volví al pub para buscar a “mi chica”. Decepción. Entré y ella hablaba con un guaperas que tenía, además, mucha pasta, yo no podía competir con un tío atractivo y educado que la podía llevar a su apartamento en un flamante coche e invitarla a todo lo que quisiera. Al ver la escena se me calló el mundo a los pies. Eh, Siburg, ya estás aquí, me dijo en cuanto me vio y se despidió del guaperas, yo no me había atrevido a interrumpirla.
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...-Qué pesado era este tío –me comentó cuando se marchó. Yo respiré aliviado.
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...Flequi nos acercó al Medussa y allí nos bebimos unas copas. Vodka con seven up, whisky con coca-cola, chupitos de diversos licores… Una hora después salimos del bar medio mareados.
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...-Adiós, quillo –me despedí del bajista y Miriam y yo nos fuimos en dirección contraria a la suya. Caminamos 15 minutos y llegamos a La Alameda y nos sentamos en un banco.
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...Empezamos a charlar:
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...-Pues el libro de Fante ese que me he comprado es una locura, es lo más demencial que he leído, no me extraña que no se lo publicaran, es la primera novela que escribió y la sacaron ya cuando él murió, que la encontró la mujer entre sus papeles.
...-Jajá, normal entonces, pero me extraña que tú, con las locuras que escribes, digas que es lo más demencial que has leído.
...-Sí, es una cosa… hay un capítulo que es el protagonista peleándose a perdigonazos con un montón de cangrejos. Y en otro lucha contra las moscas…
...-Un poco demencial sí que es.
...-Bueno, paro ya que te estaré rayando, ¿no?, que soy muy pesado.
...-No, no, si me encanta escucharte, cuentas cosas muy divertidas y muy interesantes, hablas muy bien y sabes mucho.
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...Entonces, de repente, Miriam se puso triste y miraba hacia el suelo.
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...-¿Qué te pasa, hija? Anímate.
...-Nada, recuerdos que me vienen.
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Tampoco me extrañó porque íbamos pasados de copas y muchas veces en estas circunstancias nos ponemos melancólicos y ya se sabe.
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...-Tú no te pongas triste, lo que pasó, pasó.
...-Pero es que… cuando yo era pequeña… mi padre… y encima mi madre después… hip hip –me contaba entre llantos y lloros y yo la estreché entre mis brazos.
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