Los Flying Congrios

Publicación de relatos y poemas

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Lugar: Cádiz, Andalucía/Cádiz, Spain

Pescador de Congríos nacido en la antigua Mileto en el año 2000 de la era de John Lennon.

miércoles, 4 de marzo de 2009

COMO CACAHUETES CUANDO NO HAY PISTACHOS






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Era otra sucia noche de carnaval. Los abuelos cenaban en sus casas, los congrios acechaban en sus pozas y los chavales meaban en las calles. Johny había decidido que saldría esa noche. Su cuerpo le pedía tabaco y alcohol y tenía ganas de dar una vuelta por ahí. Además, sus amigos llevaban toda la semana diciéndole que tenían que dar una vuelta antes de que acabaran las fiestas. Dicho y hecho.
Johny se duchó un poco el cuerpo, salió y se vistió. Cogió una cerveza. Se hizo un bocadillo de lomo de melva zombi y se lo tomó con la birra. Terminó el bocadillo y quedaba aún la mitad del vaso. Se lo bebió de un trago y fue a la cocina. Se sirvió una copa de coñac y se la metió de un trago. Cogió una botella de moscatel de Chiclana. A su padre le habían dado una caja. Fue a su cuarto y cogió su cartera. Tenía dos billetes de 5 euros tirados por el cuarto, pero sólo encontró uno. «Bueno, de todos modos el otro me lo había encontrado tirado en la calle» –pensó. También cogió un paquete de Pall Mall que tenía en un cajón. Vio un preservativo en el cajón y lo guardó en el bolsillo del chaquetón. Aunque era absurdo, seguro que no lo iba a usar. No le gustaba aparearse con desconocidos y no le gustaba usar condones. Fue a calzarse. Al coger los zapatos encontró en el zapatero un paquete de Chester con dos cigarros. Este paquete estaba en mejor estado. Metió ahí todos los cigarros, seis o siete. Fue al salón y se puso el chaquetón. Le pidió dinero a su padre, que le dio tres o cuatro euros.

-¿Alguien ha visto 5 euros?, que se me han perdido.
-Pero no los tenías en tu cuarto? –dijo su hermano.
-Ya, pero… no sé…
-Anda, toma, mira que perder dinero, encima que tienes poco lo pierdes –le dijo su padre dándole cuatro o cinco monedas muy brillantes.

Después buscó un gorro de lana muy cachondo que tenía y se fue a la calle. Por el camino se lo puso. Tenía el pelo muy sucio. Hacía varios días que no lo lavaba. Lo tenía muy grasiento y enredado. Apelmazado. A Johny le gustaba ponerse un gorro o algo raro en carnaval. Además así no se tenía que peinar ni lavar el pelo. En esas fiestas más que disfrazarse Johny prefería ir vestido como un fantoche.
Había quedado con sus amigos al principio del centro de la ciudad. En un callejón al que se entraba por un arco junto a un bar. Llegó unos diez minutos tarde. Mike estaba allí esperándole. Lo vio desde la acera de enfrente. Le hizo un gesto con la mano. Él se lo devolvió. Paró bajo un semáforo. Estaba en verde. Cuando se puso en rojo cruzó la carretera por el paso de peatones y se unió con Mike en el arquito.

-¿Qué tal, tío?
-Bien, ¿y ese gorrito?
-En carnavales hay que ponerse algo gracioso.
-Cuando te lo he visto a lo lejos me he quedado loco.
-Jeje.
-Bueno, ¿nos vamos para los tablaos de La Viña? –le dijo Mike.
-Espérate que tienen que venir un par de colegas. Y no creo que vengan hasta dentro de un buen ratito, porque uno me dijo por el Messenger que si podíamos quedar mejor a y media en vez de a las once, que iba a llegar un poco tarde porque tenía que esperar a otro chaval.
-Ah, ok.
-¿Y quién es? ¿Yo lo conozco? –preguntó Mike.
-Yo creo que no, se llama David, “El Cateto”. En todo caso quizás lo hayas visto alguna vez, pero no mucho. No recuerdo yo ninguna noche que nos hayamos pegado juntos ni nada.
-Pero bueno, aquí traigo un moscatelito –prosiguió Johny–, podemos ir bebiéndonos unos tragos mientras. Pero te advierto que no está muy bueno.
-Ojú. Bueno, vale, pero vamos a comprar unos vasitos.
-Venga, por aquí seguro que encontramos algún almacén.

Los dos amigos se metieron por el callejón y se adentraron por las oscuras y estrechas calles de la zona. Intentaron ir a una tienda que se veía abierta desde lejos, pero una aglomeración formada por una chirigota callejera que cantaba en la puerta les hacía imposible entrar.

-Bueno, tío, vamos a buscar por allí –dijo Mike señalando el lado por el que habían venido. Había una sórdida calle que solían frecuentar toxicómanos ya acabados. Drogadictos que consumían Trankimazines y Tranxilium con cerveza. Además de consumir benzodiacepinas a veces fumaban coca mezclada con amoníaco en papel de aluminio. Ahora la cosa estaba tranquila.
-Sí, ven, vamos a subir por aquí –le dijo Johny ascendiendo por una cuesta.
-Mira –le dijo otra vez–, ahí hay algo abierto.
-Sí, tiene mala pinta, pero vamos.

Entonces se dirigieron hacia dentro. Era una pequeña tienda infame. Estaba algo sucia y dentro había un personaje nada recomendable apodado El Besugo. Antes de que entraran, un hombre de unos cuarenta y tantos años con la voz temblona a causa del alcohol dijo:

-Eeeehhhh, atiende aquí a los señores.

El tendero se puso tras la barra. Era un tipo con el pelo blanco que rondaría los 60 años. Estaba fumando un cigarro negro.

-Qué van a querer –dijo con una voz muy rasgada.
-Cuatro vasitos chicos de esos de moscatel… –contestó Mike.
-¿Y moscatel tiene? –le preguntó Johny.
-Moscatel no, pero tengo un fino muy bueno, La Sultana –dijo señalando unas garrafas de plástico transparente de dos o tres litros que había en unos estantes.
-¿Y cuánto cuesta?
-Pues cuesta tres cincuenta los tres cuartos. No te tienes que llevar la botella entera. Te lleves lo que te lleves vale tres cincuenta los tres cuartos.
-Ok, ¿nos llevamos tres cuartos, Mike?
-Venga.
-Entonces tres cuartos, ¿no?
-Sí, sí –dijo Johny.

El hombre cogió una de las garrafas para echarles el fino.

-¿Y no está frío? –le preguntó Johny.
-No, no, del tiempo, que es como se bebe –le contestó desde la trastienda.
-Pero el vino blanco y el fino se beben fríos… –dijo Johny.
-Perdona que te diga –dijo el viejo con su voz aguardentosa– pero el fino se bebe del tiempo que si no pierde todos los grados.
-Ahh, bueno, yo siempre lo había bebido así.

El besugo entró en la conversación:

-No, no, el fino se bebe así –dijo El Besugo–, incluso cuando los bares… en los bares de viejos te lo ponen te lo ponen así. Con un rebujito, que le dicen con coñac o anís, también.
-¿Con coñac o anís?, en la feria te ponen el rebujito, los biberones, y son fino y Seven Up –dijo Johny.
-O Manzanilla con Seven Up –dijo Mike.
-Yo qué sé, el rebujo que yo digo en las tascas, en los bares estos de viejos, te lo ponen así.
-Ahh, vale, vale –respondió Johny.

El viejo salió de la trastienda y les puso en una bolsa de plástico blanca los cuatro vasos y el fino, que lo había metido en una botella de manzanilla de Sanlúcar.

-Tío, yo tengo un par de euros, ¿tú tienes un euro y medio? –dijo Mike poniendo una moneda de dos euros sobre el mostrador.
Johny sacó una moneda de un euro y siguió buscando monedas.
-A ver si tengo por aquí, creo que sí –primero sacó una moneda de 20 céntimos, después una de 10 y finalmente otra de 20.

Le dieron el dinero al tendero y se despidieron de él. Cogieron la bolsa y se fueron otra vez hacia el callejón donde se habían encontrado. Le dieron cada uno un trago a la botella de fino y se echaron un vasito de moscatel para la espera.

-Pues no está malo el fino este –dijo Mike.
-No, no, no está mal.
-El moscatel regular.
-Sí, del montón, yo le echo 2 o 3 euros a la botella –dijo Johny.
-Vamos a darle otro buche al fino –volvió a decir después.

Le dieron un trago cada uno y Mike dijo:

-Pues tío, el segundo trago sabe peor.
-Sí, sí, no sé por qué pero es verdad.

Los minutos fueron pasando. Se les gastaron los vasos de moscatel y los volvieron a llenar. Bebieron algunos tragos de fino del tiempo.

-Ya son y media y éste no ha llegado –dijo Johny–. Pero es normal, en los partidos de fútbol que jugamos, que hay que ser puntual porque hay que coger el campo, va mucha gente, hay que irse a una hora,etc… tiene una media de diez minutos de retraso. Imagínate ahora que ha avisado, tiene que esperar al otro…
-Claro –le respondió Mike.

Cerca de las doce menos veinte llegó El Cateto. Iba acompañado por otro tipo. Alto, delgado, con el pelo negro de punta no muy largo. A grandes rasgos los dos eran así. Vestían vaqueros –eso los 4– y camisa. También llevaban chaquetones.

-Quillo, ¿qué?, no veas, ni siquiera a y media, eh, a menos veinte.
-Bueno, son menos 25 –dijo El Cateto enseñando la hora en su móvil.
-Qué va, tío –le respondió Johny– son menos veinte, pero es que tú llevas la hora atrasada para excusarte cuando llegas tarde.
-Jeje, bueno, sí, también por eso llegaré tarde.
-Yo creo que es más bien al revés, jeje –le dijo Johny.
-Bueno, toma un poquito de este fino. Tú también Jose. Y tomad un vasito de moscatel –dijo Johny alargándoles dos vasitos. Cada uno le dio un trago al fino.
-No está malo este fino –dijo El Cateto.
-El segundo buche sabe peor –le dijo Mike.
-¿Y eso? –preguntó El Cateto.
-Pues no lo sé, tío, pero es verdad –le contestó Johny.

Después se bebieron de un trago los vasos de moscatel. Se echaron otros que fueron bebiendo más lentamente.

-¿Tienes un cigarro? –le preguntó después David.
-Sí, toma uno –le respondió Johny dándole un cigarro.
-¿Tenías tabaco y no me has dado? –le recriminó Mike.
-Sí, pero es que no me has pedido.
-Claro –le contestó Mike–, es que no me podía imaginar que tuvieras tabaco, cómo no sueles fumar.

Johny le dio un cigarro. Después sacó otro y se lo puso él en la boca. Lo encendió. Como lo sacó de un paquete de Chester y era un Pall Mall le supo raro. De todos modos el Pall Mall le sabía raro.

-Joder, qué raro me ha sabido el cigarro éste –dijo cuando había terminado de fumárselo–. Cómo era un Pall Mall…
-Bueno, a mí es que todo lo que no sea Chester me sabe raro –le respondió Mike.
-¿A dónde vamos a ir? –dijo después.
-Pues a los tablaos, ¿no? –contestó David.
-Claro, en todo caso pasamos por El Pópulo o algo, ¿no? –dijo Johny.

Dicho esto se fueron hacia La Viña. Por la Calle Pelota pasaron frente a una chirigota. Iban de tenistas. Con su juez de silla y todo. Pero eran un poquito lacios. Los escucharon un par de minutos y se fueron. En esa misma calle se quedaron atrapados en una bulla provocada por una chirigota femenina bastante mala. No les gustó. Pero les costó salir de allí. Un tipo apretaba fuerte su codo contra el costillar de Johny. Éste pensó pegarle un puñetazo fuerte en la cara. Se contuvo. Aplastándose contra la gente lograron salir hasta La Catedral.

-Quillo, vamos a comprar alcohol duro, ¿no? –dijo El Cateto.
-Bueno, aunque podíamos comprar dos o tres botellas de moscatel –le contestó Johny.
-Al final va a costar lo mismo.
-También vamos a coger el mismo morazo –dijo Johny.
-Yo también prefiero que compremos una botellita y nos bebamos unos cubatas –respondió Mike.
-Bueno, en el Don Pis venden lotes de Brugal a dieciocho euros –dijo Johny a sus amigos–. Si no encontramos otra oferta mejor vamos para allá y compramos el Ron.

Fueron mirando los precios que había en los carteles de las puertas de bares y tiendas. Vendían lotes –la botella, el refresco, hielo y los vasos– de destilados mediocres a 20 euros. Siguieron hacia delante. Llegaron a una pequeña y oscura plaza. Allí David entró en una pequeña barraca. Johny se quedó fuera con Mike saludando a unos amigos de su hermana. Jose entró con él. Cuando llevaban 30 segundos dentro los llamaron. Johny se despidió de sus colegas y entraron en la tienducha. Dejó la botella de fino junto al mostrador. Fuera hacía frío. Allí dentro hacía calor. El que despachaba, un tipo joven, estaba en camiseta de manga corta.

-Qué calorcito hace aquí –le dijo David.
-Sí, pero es que si no aquí currando con el frío no veas, y entonces tenemos encendido el calefactor –junto al tendero estaba su novia, el padre y un par de tipos más y una señora mayor.
-Bueno, aquí vale el lote de Cutty Sark 16 euros –dijo David.
-Está bien, nos lo llevamos, ¿no? –dijo Johny mirando a Mike.
-Sí, sí, claro –respondió éste.
-Bueno, somos 4, son 4 euros cada uno, ¿no? –dijo después Mike.
-Tú no tienes nada, ¿no? –le dijo David a Jose.
-Nada –contestó éste.
-¿Entonces cuánto tenemos que poner cada uno? –preguntó Mike
-Cinco con tres periódico –respondió Johny.

Pusieron cada uno su parte y se la dieron al padre del que estaba tras el mostrador. Él les dio una bolsa con su whisky y lo demás y se fueron. Recorrieron las serpenteantes calles hasta llegar al Corralón. Allí no había demasiada gente. Si hubiera habido algo de ambiente habrían pensado quedarse allí bebiendo.

-Bueno, vamos para la Calle La Palma, ¿no? –dijo El Cateto- que ahora a la una canta El Selu.
-Sí, tíos, Los Enteraos, que son buenísimos –comentó Jose con emoción. Aunque cuando llegaron junto al tablao se enteraron de que habían cambiado el horario y la chirigota del Selu ya había cantado. Eso les jodió mucho. Estaban actuando unos tíos que iban vestidos de robot.
-Venga –dijo Johny–, vamos a meternos entre la muchedumbre. A ver hasta dónde llegamos.

Cuando encararon la calle del tablao notaron un fuerte olor a orina.

-Joder, cómo huele esto –dijo Johny.
-Ya ves –dijo Mike.
-Pero cuando ya te has bebido unos cubatas no te das ni cuenta.
-Ya ves, no te das mi cuenta –le dijo El Cateto.

Entonces, lograron llegar hasta una barra que había a unos 30 o 40 metros del escenario. Allí había unos conocidos suyos bebiendo whisky. Los saludaron y se asentaron en la zona como pudieron. Poco después estaban borrachos discutiendo de fútbol, el olor a orina les daba igual y estaban preparados para ver a gente disfrazada de torero o de congrío.

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